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sábado, 28 de mayo de 2011

AGUSTÍN RUEDA SIERRA


El 13 de marzo de 1978 murió en la cárcel de Carabanchel (Madrid) Agustín Rueda Sierra, uno de los lladados "muertos de la transición", y al que varios cantantes y grupos le dedicaros canciones . Para situarnos históricamente en esos acontecimientos, voy a reproducir el relato de los hechos que escribió Alfredo Casal Ortega, uno de sus compañeros de la cárcel:

AGUSTÍN RUEDA
Durante aquellos años llamados de la “transición democrática”, que siguieron tras la muerte del dictador Franco, en las cárceles se vivían momentos de luchas por conseguir cambios en un sistema penitenciario represor, en el que sistemáticamente se violaban los más elementales derechos fundamentales. Los motines, las huelgas de hambre, los cortes de venas, el tragarse objetos y demás formas de protesta fueron el pan de cada día desde el año 1976 hasta el 1979. Fue en ese período cuando detuvieron en Cataluña a Agustín Rueda Sierra, al que se le acusaba de haber pasado unos explosivos por la frontera franco-española. Se le trasladó a la prisión madrileña de Carabanchel.
Era un anarquista de profundas convicciones y que se desvivía por ayudar a los demás. Fue repudiado por la C.N.T. que como siempre aconteció en su historia, trató de desvincularse de aquellos que trataban de realizar algo más, y que ellos no controlaban. En la prisión de Carabanchel, Agustín se sumó rápidamente a la lucha llevada por la C.O.P.E.L. (coordinadora de presos en lucha), participando activamente en todas las iniciativas encaminadas a conseguir las reivindicaciones que se exigían al Estado.

El clima que en esos momentos se vivía en Carabanchel, era de un auténtico caos. Sin luz, con todas las instalaciones destruidas, y encima con gritos nocturnos fruto de las palizas que los carceleros indiscriminadamente propinaban, con el beneplácito del entonces Director General Jesús Hadad Blanco. En aquellos momentos no existían distinciones entre los presos, conviviendo en un mismo espacio anarquistas, etarras, grapos, los denominados presos comunes, y menores de edad provenientes del reformatorio que estaba siendo transformado; y todos ellos, sin distinciones, se consideraban presos sociales. Con ese panorama de fondo, muchos presos intentaron fugarse, de forma individual o colectivamente, bien a través de los muros o de túneles excavados.

El día 13 de marzo de 1978, sobre las 10 de la mañana, los funcionarios encontraron un túnel realizado desde el comedor de la 7ª galería. Estaba vacío y su frustración fue grande al no encontrar a ningún preso en su interior. Rápidamente se corrió la voz de que habían encontrado un butrón, uno más. El ambiente estaba tenso, se palpaba que algo iba a ocurrir. Me acuerdo de que ese día hacía sol, pero pronto vendrían las tinieblas y la oscuridad. No pasaría mucho tiempo, vivido en una tensa calma, hasta que desde los altavoces del centro empezaron a nombrar con intervalos de unos 30 minutos a un total de siete presos. Sus nombres eran: Felipe Romero Tejedor, Pedro García Peña, Juan Antonio Gómez Tovar, Miguel Ángel Melero, José Luís de la Vega, Alfredo Casal Ortega y Agustín Rueda Sierra. Todos ellos fueron conducidos en un primer momento a Jefatura de Servicios y a continuación llevados a los sótanos de la primera galería, donde se encontraba la “perra chica”, lugar abovedado y circular que había sido utilizado para ejecutar con el garrote vil, y que tenía cerca tres celdas grandes con barrotes en lugar de puertas, que solo habían sido utilizadas por los que esperaban ser “ajusticiados” en tiempos aún recientes del franquismo.

Uno a uno fueron torturados y machacados con una saña propia de perros rabiosos. Los e jecutores de esas torturas fueron los carceleros Julián Marcos Mínguez, Hermenegildo Pérez, Nemesio López, Alberto de Lara José Luís Rufo, José Manuel Flores, José Luís Esteban y Alfredo Luís Mallo. Todos ellos actuaron bajo la supervisión directa del director de la prisión de Carabanchel Eduardo Cantos, del sub-director Antonio Rubio y del jefe de servicios Luís Lirón Robles, que también participaron en las torturas. Las torturas que se realizan en las prisiones son aún más crueles y salvajes que las que se podían realizar en cuarteles y comisarías, ya que nadie iba a ver tu cuerpo, por lo que todo valía, no importando en que parte del cuerpo fuera. Cuando acabaron conmigo me llevaron a rastras hasta una de las tres celdas que mencioné anteriormente y me tiraron a su interior. Allí se encontraban dos compañeros torturados y tirados en el suelo, Miguel Ángel Melero y Agustín Rueda Sierra. Agustín se encontraba bastante mal, y apenas se podía mover, siendo incapaz de levantarse. Estábamos todos doloridos y escuchábamos quejidos y lamentos provenientes de las otras dos celdas.

Recuerdo que pedimos a gritos que viniera un médico, pero no obteníamos respuesta. Agustín tenía todo el cuerpo negro de los golpes recibidos. En un momento dado, que yo creo calcular que se correspondía con las dos de la tarde, me empezó a decir que no sentía los pies. Le empecé a realizar masajes para intentar reactivar la circulación sanguínea, pero era inútil, ya que cada vez la insensibilidad iba en aumento y poco a poco dejó de sentir las piernas. Sobre las tres y media, de rodillas para bajo no sentía nada. Fue el momento en que llegaron los dos médicos de la prisión, llamados Barrigow y Casas, que entraron en la celda y a los que expliqué los síntomas que padecíamos. Sacaron unas agujas largas y empezaron a clavárselas a Agustín en los pies. No había reacción. Fueron clavándoselas cada vez más arriba y cuando llegaron un poco más arriba de las rodillas dio muestras de sentir los pinchazos. De rodillas hacia abajo no sentía absolutamente nada. Los sanguinarios médicos se incorporaron y uno de ellos le dio una patada en las costillas a Agustín, diciéndole: “Eso es de la humedad del túnel”. Y como vinieron se fueron, dejándonos en las condiciones en que estábamos. Media hora más tarde nos tiraron, a través de los barrotes de la celda, como el que tira cacahuetes a los primates, unas pastillas para el dolor, abandonándonos a nuestra suerte. Agustín fue consciente durante todo ese tiempo de su real situación. En las horas que pasaron me dijo en varias ocasiones que sabía que se estaba muriendo. Tenía mucha sed, por lo que constantemente procuraba darle de beber en su boca y le mojaba los labios constantemente.

Estuvimos hablando varias horas. A pesar de la crítica situación tuvo la entereza y ánimo envidiable, digno de admiración, pero poco a poco se iba apagando su vida. Sobre las 8 de la tarde ya no sentía nada en la totalidad de las piernas, a pesar de los masajes desesperados que le apliqué. Sin asistencia se estaba muriendo. En ese momento nos trajeron unas naranjas por cena. Agustín chupó los gajos pelados que le dí, en un intento de aplacar la tremenda sed que sentía. Yo me daba cuenta de que su vida se estaba apagando y él era consciente de ello, me lo decía. La impotencia que sentíamos es inenarrable. Nuestra frustración era total. Sobre las 10 de la noche ya apenas podía articular palabra, sentía mucho frío, su mirada cada vez estaba más y más perdida.

A eso de las diez y media de esa noche bajaron dos desconocidos acompañados de funcionarios carceleros, abrieron nuestra celda y pusieron a Agustín dentro de unas mantas y se lo llevaron a rastras, como si de un objeto se tratase. Nuestras protestas no sirvieron de nada. Sólo nos dio tiempo a apretarnos las manos. Ambos sabíamos que no nos volveríamos a ver. Jamás olvidaré ese momento. Los acontecimientos que a continuación se sucedieron y el rumbo que tomaron, en ese momento nadie se los podía imaginar. Quedábamos seis torturados en tres celdas, y ya sabíamos quienes éramos a pesar de no poder vernos. No sabíamos cuál iba a ser nuestro destino. Pasamos la noche con dolores y con incertidumbre. No sucedió nada y no volvieron a pegarnos. En esos momentos no sabíamos los acontecimientos que estaban desarrollándose en el exterior, y que fueron los siguientes. A Agustín le trasladaron hasta el hospital penitenciario de Carabanchel, que se encontraba dentro del recinto carcelario. Allí acabó de morir esa misma noche.
Mientras éramos torturados, un preso marroquí que trabajaba como ordenanza en la oficina del jefe de servicios y que se dio cuenta de lo que nos estaba sucediendo, en un descuido de los carceleros y desde el despacho de dirección, cogió el teléfono y llamó a mi abogado para decirle lo que él creía que estaba pasando. Lo pudo hacer porque pensaban que era un preso de confianza; lo que no sabían es que era un preso que trabajaba para la C.O.P.E.L., y que pudimos infiltrarle en la dirección del centro. Mi abogado Willy Ghul Navarro cuando tuvo conocimiento de lo que estaba sucediendo acudió al juzgado de guardia de Madrid, donde relató que creía que varios presos estaban siendo torturados dentro de la prisión de Carabanchel.

CÁRCEL DE CARABANCHEL
El juez que estaba de guardia y escuchó al abogado se llamaba Luís Lerga. Unas horas más tarde el director de la prisión, Eduardo Cantos, llamó al juzgado de guardia, (mismo juez), y le comunicó que había muerto un preso en el hospital penitenciario. El juez acudió al hospital y vio a Agustín cadáver. Al preguntar qué había pasado, el director le contestó que se había caído por las escaleras. El juez se enfadó y le contestó que eso era imposible, que tenía todo el cuerpo negro, y eso sólo podía ser de una paliza grandísima, ya que eran visibles las marcas de las porras por todo el cuerpo. Entonces el director cambió la versión y le dijo que al intentar registrarle sacó un cuchillo e intentó matar a un funcionario y hubo que reducirle. Entonces el juez le dijo: ¿y dónde están los otros presos que ustedes han torturado?, quiero verlos inmediatamente.
En la mañana del día 14, el juez bajó a vernos a las celdas y vio nuestro estado. Nos comunicó que Agustín había fallecido, ordenó que nos hicieran un reconocimiento médico exhaustivo para enviar al juzgado, y nos prometió que en un plazo de 48 horas a todos aquellos que ordenaron y ejecutaron las torturas les enviaría a prisión.
Esa noche aún dormimos en esas celdas. Sobre las 11 de la noche empezarnos a oír voces lejanas y carreras de un lado a otro que anunciaba que algo iba a pasar. No nos equivocamos. Media hora más tarde apareció para visitarnos el director general de prisiones Jesús Haddad. Quiso hablarnos por separado, a lo que nos negarnos, por lo cual dio orden de juntarnos a los seis en la celda que Melero y yo ocupábamos. Nos quiso hacer creer que era ignorante de que las torturas eran práctica habitual entre sus subordinados carceleros. Nos quiso ofrecer a cambio de nuestro silencio lo que quisiéramos, (condicionales, permisos). Tan sólo le exigimos que nos sacaran de esas celdas y nos regresaran a nuestra galería junto a nuestros compañeros. A pesar de las reticencias del personal que le acompañaba, acabó accediendo. Por la mañana nos trasladaron a nuestra galería, la séptima.

ESTADO ACTUAL DE UNA DE LAS GALERÍAS
Cinco días más tarde el G.R.A.P.O. asesinó al director general de prisiones a tiros, cuando salía de su casa. Todos los torturadores ingresaron en prisión, como nos dijo el Juez. Allí estuvieron mientras el proceso estuvo en manos de ese juez de instrucción. Cuando el sumario pasó a la Audiencia para ser juzgado, el nuevo juez los puso en libertad. El juicio tardó en salir diez años. Todos los torturadores y asesinos fueron condenados. En total 13 torturadores: Director, Subdirector, Jefe de servicios, ocho funcionarios y los dos médicos. Las penas fueron de ocho a los doce años de prisión. Espero que este breve relato de lo que pasó contribuya para recordar lo que pasó, para que AGUSTÍN RUEDA SIERRA esté siempre en nuestra memoria. La de él y la de todos aquellos que dieron su vida por luchar por la libertad. Hasta siempre Agustín.

El primer cantante que le dedicó una canción fué Chicho Sánchez Ferlosio, que ya en 1978 le compuso una canción reprochándole a los líderes de los partiods de izquierda en aquella época (Felipe González y Santiago Carrillo) que eran diputados en el Congreso en aquel momento, a que indagaran en el asunto y no miraran a otro lado (ya que Agustín Rueda era anarquista y no militaban en sus partidos). El tema se llamó ¿Hay libertad?
CHICHO SÁNCHEZ
   
Amigo Luís Llorente, que fuiste preso ayer;
escúchame Felipe; Santiago, entérate:
bajad de esos escaños forrados de papel,
que Agustín Rueda Sierra murió en Carabanchel.

¿Hay libertad?; ¡Qué libertad!
Si cuatro de uniforme te empiezan a pegar.
¿Hay libertad?; ¡Qué libertad!
Tendido está en el suelo y no contesta ya.

Bonita democracia de porra y de penal;
con leyes en la mano te pueden liquidar.
Y a aquél que no lo alcanza de muerte un tribunal,
lo cogen entre cuatro y a palos se la dan.

¿Hay libertad?; ¡Qué libertad!
Lo sacan de la cárcel para ir al hospital.
¿Hay libertad?; ¡Qué libertad!
Agustín por buscarla, miradlo como está.
  

 En 1988, a los diez años del asesinato, el grupo de rock "Heavy metal" Barricada le dedicó un tema a la muerte de Agustín Sierra. El tema se llamó "El último vagón" y aparerció el disco llamado "Rojo" (Corte 8):

ROJO (1988)
Mil
novecientos setenta y ocho
mes de marzo en cualquier lao
pudo amanecer gris.
              
Correrá a coger el ultimo vagón
Correrá a coger el ultimo vagón

La violencia anduvo vestida de uniforme
en una celda de Carabanchel
desayuno demasiado temprano quiso dejar claro
quien es quien, quien es quien, quien es quien
y la justicia cada vez mas vieja papeles perdidos
en alguna mesa un simple error de imprudencia rueda rueda en la rueda.

BARRICADA
Correrá a coger el ultimo vagón                               
Correrá a coger el ultimo vagón
vivirá en el ultimo vagón
vivirá en el ultimo vagón

saben tapar bocas pasando la guadaña de manera lenta y cruel
nunca sabrá nadie la angustia de esas horas
antes de coger el ultimo vagón, el ultimo vagón, el ultimo vagón
y la justicia cada vez mas vieja papeles perdidos
en alguna mesa un simple error de imprudencia rueda rueda en la rueda


Otro grupo de rock que le ha dedicado una canción es el grupo "Sin Dios", que en 2002, en su CD "Odio al imperio", cantan un tema llamado "Agustín Rueda" (corte 8). La letra es la siguiente:

ODIO AL IMPERIO (2002)

Corren los años setenta,
años preñados de roja ilusión;                                        
se lucha en las calles, barrios y fábricas,
y hasta en la cárcel se han organizado.

Retumba un grito de amnistía,
los presos se movilizan,
huelgas, plantes, motines,
y fugas, amargan al carcelero.

En Carabanchel han descubierto
un túnel cavado con negro valor;
se agita el sistema y quiere venganza,
la cárcel exige escarmiento de sangre.

Los carceleros quieren los nombres,
los nombres de hombres que anhelan vivir;
preparan los palos y los grilletes,
SIN DIOS
la danza de muerte ya ha comenzado.                       
           
Han matado a Agustín Rueda;
su delito: no claudicar,
no denunciar a sus compañeros
le ha costado su vida.

Ya han dado la orden, comienza el tormento,
golpean las bestias a los compañeros
el médico ayuda y el resto no escucha
cómo se quiebran los frágiles huesos.

Son horas de golpes, de odio, de insultos;
son horas de vil cobarde venganza;
los palos buscando al revolucionario,
la muerte encuentra al que no se doblega.

Nunca hubo justicia
contra los responsables;
la democracia nacía
con las manos manchadas de sangre.

Han matado a Agustín Rueda:
su delito no claudicar;
no denunciar a sus compañeros
le ha costado su vida.

No confiemos en su justicia.

DISCOGRAFÍA.-
BARRICADA: “Rojo”, CD (Polygram, 1988).
SIN DIOS: “Odio al imperio”, CD (La idea-PHC, 2002). 

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